Música que define lugares, personas.

YA NO ESTOY AQUI

Por: Martín Imer

Un breve texto al inicio de Ya no estoy aquí nos indica lo que tenemos que saber para entender bien lo que vamos a ver:

Hace algún tiempo en el noreste de México y en particular en la Ciudad de Monterrey, floreció un movimiento contracultural que por su amor a la cumbia se autodenominó “KOLOMBIA”.

Es válida la explicación, ya que de otra forma – al menos en un primer momento – parece extraña la devoción que sienten estos chicos mexicanos por un ritmo que se lo relaciona más a Colombia, pero a medida que avanza el metraje no solo queda totalmente aceptado sino que se entiende que los protagonistas de este film tienen a la cumbia como un modo de vida, un agente de socialización que los une entre sí pero también con toda la comunidad, los identifica profundamente, marca la forma en la que se visten y actúan, los conecta con el lugar en donde viven. Y también que funciona como una vía de escape dentro de un entorno cada vez más violento, con la guerra entre bandas siempre en los alrededores y la presencia de las armas tan naturalizada que ya ni se inmutan cuando tienen un revolver en la cara.

Para el protagonista, Ulises, la cumbia es todo, y en su baile se refleja que vive sin preocupaciones, feliz entre amigos que también comparten el gusto musical. Es líder de una pequeña pandilla, y a pesar de algunos problemas entre grupos todo se mantiene bastante tranquilo. Sin embargo, un día queda atrapado en un confuso incidente entre carteles y queda señalado como uno de los responsables, viéndose obligado a huir del país de forma ilegal. El chico, de 17 años, llega entonces a Estados Unidos, un país con enorme variedad de costumbres y culturas entre sus habitantes, y entabla amistad con Lin, chica con la que comparte únicamente el ser inmigrantes. Ulises intenta entonces integrarse a su nuevo hogar y aceptar lo que esa aparente nueva vida le ofrece, pero los recuerdos de su México natal y los momentos con amigos son demasiado fuertes para que pueda adaptarse, algo que va de la mano con la constante incertidumbre sobre su situación legal, escapando constantemente de las autoridades.

Por supuesto que Ya no estoy aquí es un drama, pero gracias a la acertada dirección de Fernando Frías de la Parra el asunto en general logra esquivar muy bien el sentimentalismo barato, apostando a una sobriedad que ayuda a la sensación de realismo a la que se aspira llegar. Los hechos se suceden de forma pausada, buscando el realismo, y si bien la estructura en flashbacks intenta dar algo de suspenso a lo que pudo haber ocurrido con Ulises en México lo que más importa es la habilidad con la que se crea, a partir de esa sobriedad y la naturalidad de los actores y los eventos, el universo interno del protagonista y el particular lugar en donde supo vivir y ser feliz, logrando que el espectador comprenda lo que le ocurre y su necesidad por volver allí, incluso aunque su vida esté en riesgo. Al igual en la reciente EMA, estamos ante una película en donde el baile se vuelve totalmente expresivo y le cuenta al espectador detalles claves sobre los personajes, revelándose como un nexo entre el bailarín y su identidad, como se deja ver en un bello momento en el que el chico baila debajo de un puente aunque en su imaginación se encuentra en su país junto a su grupo de amigos, seguramente pensando en un pasado en donde todo era más sencillo.

También es una película exitosa a la hora de mostrar los choques culturales entre personas de diversas nacionalidades, que pueden unirse por voluntad propia (la chica, casi obsesionada con lo distinto que es el protagonista a ella) pero a la larga sentirán que lo que los separa es más fuerte y no se limita simplemente a distancias territoriales sino a algo más profundo como las costumbres y las formas de esos respectivos lugares de donde salimos, que a pesar de que no nos demos cuenta nos marcan más profundamente de lo que pensamos. La tristeza que va acumulando Ulises solo se acentúa ante el contacto con otros chicos de su edad, quienes lo ven como un raro pero no pueden entender la profunda conexión que siente con lo que escucha, totalmente contrario a lo que suena en EE.UU, algo que termina hablando de la pesadilla de un individuo profundamente solo e incapaz de encontrar un grupo de pares, desesperado por seguir sintiéndose parte de un movimiento con el que se identifique. El resultado de esa distancia termina siendo que se convierte en alguien que no es “ni de aquí, ni de allá”.

Termina con una imagen fuerte. El chico, eventualmente de vuelta en su país, es testigo del enorme aumento de la violencia en su barrio y la guerra entre las bandas y la policía, pero no puede involucrarse en nada ya que no se siente parte del grupo y además este ya está bastante disuelto. Sólo tiene la música, pero incluso eso no es suficiente para evadir la realidad, los disturbios sociales. Ya no se puede tapar el sol con la mano y pretender que no existen esos problemas, algo que suele hacerse. La película no plantea soluciones ni hace juicios, no pretende aleccionar sobre los lugares olvidados por la sociedad, pero recuerda que están ahí y que sobreviven con una cultura propia.

YA NO ESTOY AQUÍ (México/EE.UU, 2019) Guion y dirección: Fernando Frías de la Parra. Fotografía: Damián García. Montaje: Yibrán Asuad y Fernando Frías de la Parra. Con Juan Daniel García, Angelica Chen, Adriana Arbelaes, Coral Puentes.

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