28 DE DICIEMBRE: 125 AÑOS DE LA PRIMERA FUNCIÓN DE CINE.

Por: Amílcar Nochetti

LINTERNA MÁGICA. Mucho antes que hubiera magnates y estrellas en Hollywood, se quería hacer realidad un sueño, el de capturar el movimiento, crear una ilusión de vida y convertirla en historias. Los primeros en jugar con la luz y la sombra sobre una pantalla fueron los científicos y los inventores, exploradores en las fronteras de una nueva tecnología. En 1659 un astrónomo, físico y matemático holandés, Christiaan Huygens, inventó la linterna mágica. Al igual que las películas por venir, los espectáculos con imágenes de Huygens estaban asociados a la imaginación y el misterio. Mucho después, el espectáculo que resultaría precursor de las películas de miedo se proyectó en París en la revolucionaria década de 1790. Se llamó Fantasmagoría. Según Terry Borton, historiador y especialista en linternas mágicas, “era un espectáculo extraordinario para la época. Bajabas por unas escaleras sinuosas, había huesos y cosas que parpadeaban. Eran una docena de personas en un cuarto pequeño. De repente, las luces se apagaban, y luego se oía un estruendo, ruidos y efectos de sonido con fantasmas, duendes y esqueletos que empezaban siendo pequeños en una pantalla, pero que luego se hacían enormes y chillaban. Todo eso aterrorizaba a la gente. Uno puede imaginarse a ese público del siglo 18 con la boca abierta, pasmados”. Casi idéntica reacción a la que podía esperarse de un niño en el siglo 20, durante su primera incursión al tren fantasma. 

Un siglo después, los empresarios hicieron de los espectáculos con linternas mágicas un negocio próspero. Ya en 1850 empezaron, sin saberlo, a preparar el terreno para las películas. “La linterna mágica en la década de 1890”, continúa comentando Borton, “antes de la llegada del cine, penetró en la sociedad estadounidense. Cuando la gente piensa en un pase de diapositivas cree que será algo educativo y por lo tanto sumamente aburrido. Pero esos espectáculos en cambio no eran tediosos por muchas razones. Primero, por el extraordinario trabajo artístico de las imágenes en color. Y luego por el movimiento que se conseguía mediante piezas de cristal móviles. El más famoso de esos episodios era el del exterminador de plagas, que se terminaba comiendo una rata. Creo que es importante entender que antes de la llegada del cine hubo 250 años de entretenimiento con imágenes. Un cuarto de milenio no es poca cosa. El cine no surgió de la nada”.

Las linternas mágicas usaban dibujos e incluso fotografías. Las pistas sobre el potencial de usar fotos para crear una ilusión de movimiento se dice que aparecieron por una apuesta de U$S 25.000. Un empresario de ferrocarriles de California, Leland Stanford, contrató al fotógrafo y cómico ambulante de San Francisco Eadweard Muybridge para que probara que un caballo de carreras no tenía ninguna de sus cuatro patas en el suelo en el momento de dar las zancadas hacia delante. A Muybridge se le ocurrió una idea brillante para zanjar la disputa. Dispuso una línea de cámaras atadas a unas cuerdas que cruzaban el recorrido de un caballo. Su adelanto tecnológico fue una cámara con un obturador electrónico, que podía captar imágenes en cinco centésimas de segundo. Al pasar el caballo al galope pisaba las tensas cuerdas pegadas al suelo, y en ese momento el disparador de cada cámara obtenía una foto. Cuando Muybridge pasó en secuencia los dibujos basados en esas fotografías crearon una ilusión de movimiento. Los que vieron esa “proyección” dijeron que era “una linterna mágica enloquecida”. Stanford ganó la apuesta: claramente se advertía el segundo de suspensión en el aire del equino al ir galopando. Poco después Muybridge viajó por los Estados Unidos proyectando sus estudios sobre fotografía y movimiento. Para los espectadores el hecho que muchas de las imágenes mostraran modelos desnudos (incluido el propio fotógrafo) era un plus. 

En 1888 el emprendedor fotógrafo llevó su espectáculo itinerante a West Orange, en Nueva Jersey. Allí conoció a una leyenda estadounidense, el llamado “mago de Menlo Park”, Thomas Alva Edison, un hombre que solía decir que “para inventar necesitas imaginación y un montón de chatarra”. En 1877, con 30 años de edad, había asombrado al mundo con el fonógrafo. Dos años después presentó un sistema de iluminación eléctrica que daba luz a ciudades enteras. Según el biógrafo Paul Israel, “Edison tenía una serie de cualidades que le hacían tener mucho éxito como inventor y como empresario innovador. En primer lugar, tenía un entusiasmo infinito por todo lo que hacía. En segundo término, poseía una voluntad indomable: nunca se le pasaba por la cabeza que pudiera fracasar”. Cuando Muybridge conoció a Edison tuvo otra idea brillante: ¿qué sucedería si lograba combinar el fonógrafo de Edison con sus imágenes en movimiento? Una vez formulada la pregunta en voz alta, el inventor quedó intrigado. 

KINETOSCOPIO. El 8 de octubre de 1888 Edison anunció sus planes de “crear un instrumento que será para la vista lo que el fonógrafo es para el oído”. No tenía la más mínima idea de cómo conseguiría este logro, pero con su típica astucia Edison se adelantaba a la pelea por los derechos de una posible futura patente. William Kennedy Laurie Dickson, perspicaz descendiente de irlandeses y escoceses, que a veces trabajaba en el laboratorio de Muybridge, fue el encargado de hacer el trabajo. Según el historiador del cine Charles Musser, “Dickson en realidad era un esteta. Era muy elegante en el vestir, le gustaba ir al teatro, era un dandy. Sólo tenía 28 años cuando abandonó a Muybridge y empezó a trabajar con Edison en estas imágenes en movimiento”. El primer intento de Dickson de crear imágenes que se movieran se basó en la utilización de una cinta de pequeñas imágenes, enrollada en un artefacto circular, parecido al primer fonógrafo de su nuevo jefe. Se veían a través de una lente, en forma similar a cuando miramos por un microscopio. Un primer experimento, que sólo duraba pocos segundos, se llamó Monerías: las burdas imágenes de una mujer haciendo piruetas se movían, es verdad, pero aún quedaba mucho por hacer. 

Y Edison no estaba solo, por supuesto. En una de sus habituales presentaciones en TV, el crítico e historiador del cine Leonard Maltín recordó que “había mucha gente trabajando separadamente en numerosos países: en Francia, en Inglaterra, incluso acá en Estados Unidos, y posiblemente en otras partes como Alemania o Escandinavia, todos dando pasos hacia la idea de capturar el movimiento en una película”. Y Maltin no se equivoca, porque en Francia un científico experimental llamado Etienne-Jules Marey, inspirado por Muybridge, diseñó una cámara que capturaba imágenes de aves en una tira de papel fotográfico perforado. Fue de esa manera, paso a paso, que los caminos de la historia del cine llegaron a París. Los visitantes de la Exposición Universal de 1889 debatían sobre si la flamante Torre Eiffel era una hermosura o una monstruosidad. Durante la exposición de su sistema de iluminación eléctrica, Edison supo de la cámara de Etienne-Jules Marey, y al regresar a Estados Unidos llevaba nuevas instrucciones para Dickson: debía usar tiras de cinta fotográfica, perforada con una rueda dentada para guiar las imágenes a través de una cámara mejorada llamada kinetoscopio. El nuevo sistema fue posible gracias al fino y flexible celuloide fotosensible, perfeccionado por George Eastman, inventor de las cámaras Kodak. No pasaría mucho tiempo antes que Edison y Dickson estuvieran preparados para un verdadero preestreno. 

En 1891 la esposa del inventor, Mina, recibió a los miembros del Club de Mujeres de América en la residencia familiar, en Glenmont. Mina pidió a las confiadas mujeres que mirasen dentro de una caja de madera a través de un agujero. Lo que esas damas vieron era algo increíble: una fotografía que se movía. Era Dickson quitándose el sombrero. “La conmoción del momento debió ser algo digno de verse”, comenta Paul Israel en su biografía sobre Edison: “Te vas a visitar a la señora Edison y sin haberlo sospechado eres una de las primeras personas en ver el último invento del marido, esa cosa maravillosa, esas imágenes en movimiento”. Siglos de ideas e inventos estaban combinándose, un nuevo modo de re-imaginar el mundo tomaba forma, y una notable generación de inventores e ingenieros visionarios iba señalando el camino. 

Cuando en 1893 Dickson incrementó su producción de películas construyó un enorme cobertizo cubierto con tela asfáltica. Fue el primer estudio de cine propiamente dicho. Los bromistas ayudantes de Edison lo llamaban el Black María, ya que en aquella época se les llamaba de esa manera a los furgones de la policía. En el Black María los empleados del laboratorio se convirtieron en los primeros actores de cine de Estados Unidos, pues se fotografiaban a sí mismos en escenas cortas, usando una pesada cámara eléctrica. Una de las primeras películas que hicieron fue Escena en la herrería. En ella se ve cómo sacaban un trozo de hierro de la forja, lo amartillaban y además se pasaban una botella de cerveza entre los participantes. 

En 1894 Edison y Dickson estaban al fin listos para sacar al mercado su nueva máquina de imágenes en movimiento. Se habían gastado poco más de U$S 24.000 en crear ese nuevo invento. Ahora había llegado el momento de recaudar. El 14 de abril Edison abrió la primera sala de kinetoscopio en Broadway, Nueva York. En menos de cinco años había nacido el último eslabón en la cadena que definitivamente llevaría al cine tal cual lo conocemos hoy. Dickson llamó al nuevo e increíble invento “la corona y la flor de la magia del siglo 19”. En las nuevas salas del kinetoscopio por cinco centavos (un níquel, como se decía en la época) el público tenía 20 segundos de entretenimiento kinetoscópico, con frecuencia acompañado por la música de un fonógrafo que se oía a través de tubos para los oídos. En el laboratorio de Edison, Dickson y su equipo de producción se afanaban por satisfacer las demandas del público: produjeron más de 75 fragmentos de películas sólo en 1894. Actores famosos, junto a otros que no lo eran tanto, visitaron el Black María para ser inmortalizados en películas, incluyendo a la joven tiradora del Oeste Annie Oakley. 

Por todo esto el cine, claro está, no pudo considerarse nunca un entretenimiento elitista. Inicialmente el público de las películas era gente de los bares o viajantes en tren, que paraban un rato para ver una película y entretenerse mientras esperaban el próximo embarque. Los metían en salas de ocio, y era una diversión para las clases bajas. Para maximizar los beneficios, cada asalto de un combate de boxeo se pasaba en distintos kinetoscopios, por lo que a los aficionados a ese deporte les costaba 60 centavos ver toda la pelea. Empero, a pesar del exitoso auge inicial, el furor por las películas no tardó mucho en desaparecer. Como siempre ha sucedido, el público quería más. 

NACE EL CINE. En Francia, los hermanos Auguste y Louis Lumière se quedaron muy impresionados con el kinetoscopio, pero tuvieron una idea mejor: ¿por qué no adaptar las películas a un show de linterna mágica, proyectándolas en una pantalla a un público numeroso, y no a una sola persona? Para 1895 ya tenían su propio sistema: una cámara operada con una manivela y un proyector llamado cinematógrafo. La primera película de los Lumière mostraba a trabajadores abandonando la fábrica fotográfica familiar. A diferencia del voluminoso sistema eléctrico de Edison, la pequeña cámara de los Lumière podía moverse con libertad gracias a un trípode adosado a ella. De esa forma los hermanos captaron escenas de la vida cotidiana y pudieron inmortalizar, por ejemplo, una comida de la familia. Los Lumière realizaron su primer pase comercial en el Grand Café, en París, el 28 de diciembre de 1895. Proyectaron diez películas cortas en el siguiente orden: 1) Salida de trabajadores de la fábrica Lumière en Lyon; 2) Derribo de un muro; 3) Día de pesca; 4) Desembarco del Congreso de Fotógrafos en Lyon; 5) Los herreros; 6) El jardinero, conocido luego como El regador regado (el primer film de ficción de la historia); 7) La comida del bebé; 8) El salto en la manta; 9) Plaza de Cordeliers en Lyon; 10) El mar

Contra lo que siempre se ha dicho, la famosísima Arribo de un tren a la estación de La Ciotat no se presentó en esa sesión inaugural, sino al día siguiente. Cuenta la leyenda que en dicha oportunidad el público se levantó aterrorizado de las sillas ante la visión de una enorme locomotora que se aproximaba de manera inexorable hasta los límites de la pantalla. Mito o realidad, lo cierto es que el impacto que debió producir la imagen del monstruo ferroviario llegando a la estación de La Ciotat a ojos de un público cinematográficamente virgen, debió ser considerable. El “boca a boca” sobre ese susto seguramente fue la causa principal para que el nuevo invento tuviera éxito, ya que el público, repuesto del pánico inicial, quedó cautivado. Sólo a partir de ese momento se puede decir que se han proyectado películas en forma continuada, es decir, todos los días del año y a toda hora del día. Una de las primeras escenas en popularizarse fue una de El regador regado, que mostraba a un chico, un jardinero y una manguera en una situación realmente cómica. Entre sustos y risas, en pocos meses había salas de cine para las películas de los hermanos Lumière en Londres, Bruselas y Nueva York, donde se proyectaban imágenes recogidas a lo largo y a lo ancho de todo el mundo. El cine había nacido, y tenía la firme intención de no morir.

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